Jugando con fuego

Miro el reloj cuando la habitación empieza a iluminarse ténuemente. Son casi las ocho de la mañana. Estoy en el sofá, exactamente en la misma posición que cuando me senté frente al televisor apagado, hace horas. El móvil en una mano, el enésimo cigarro en la otra y en mi interior un vacio que me llena por completo. Tengo sed, pero no tengo ganas de beber, ni de moverme, y permanezco así, quieta.

Pierdo de nuevo la noción del tiempo hasta que el móvil emite un sonido que me hace reaccionar, pero es el despertador y vuelvo a sumirme en mi agujero.

Las horas siguen pasando despacio, veo despejarse el cielo y veo cómo vuelve a nublarse, y yo sigo ahí, quieta.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano voy al ordenador a buscar algo que me saque de mi letargo, encuentro una de mis canciones preferidas y la escucho dos veces, sin resultados.

Me quedo mirando la pantalla, donde se ha quedado congelada la imagen del vídeo que acabo de escuchar, ahora lo único que se oye es el sonido del ventilador del portátil. Y yo sigo ahí, quieta.

De repente, apareces, y me activo como si hubiesen presionado un resorte. Hablamos sin decirnos nada. Me duele tu resignación, tu quitarle hierro al asunto, tu ya se te pasará. Es dolor emocional, pero es tan intenso que parece dolor físico.

Sabía dónde me metía, sabía que jugaba con fuego y que acabaría quemándome, por eso he sido yo quien ha hecho aparecer el rótulo de Fin, para protegerme, para protegernos. Como en aquella película en la que él le dice a ella quiero que te vayas, porque quiero que te quedes. Es la decisión correcta, mi cabeza lo sabe, ahora sólo hace falta convencer a mi corazón.

3 comentarios:

  1. Uno de tus textos que más me ha gustado.

    besos

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  2. Transmites mucho con poco...
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    Por cierto soy Pérfida
    Un saludo coleguita

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  3. Qué familiares, los primeros párrafos.

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