Chica nueva en la oficina

Pese a haberme ido de cañas con mis amigos, apenas consigo pegar ojo la noche anterior de empezar mis prácticas. No son nervios exactamente, más bien expectación, ganas de empezar. 

Tras dormir apenas cuatro horas, abro los ojos, tres horas antes de que suene el despertador, se acabó el dormir. Me visto, me maquillo, me cambio de ropa, vuelvo a cambiarme, me plancho el pelo, voy a por el cuarto cambio de ropa y acabo por ponerme la primera opción. Y aún después de tantos preparativos, salgo de casa con media hora de antelación. Café.

Por fin es la hora, llamo al timbre y me recibe mi jefe. Es una empresa joven y pequeña, estaremos los dos socios y yo. Noto que ambos están nerviosos, para ellos todo esto también es nuevo, supongo. Me enseñan mi mesa, mi ordenador, el surtidor de agua, la cafetera. El perchero no, en tres años no han tenido ocasión de comprarlo, dicen.

Y nos metemos en faena. Me explican cada tarea con paciencia y yo tomo notas, porque estoy acojonada y no quiero hacer nada mal. Después me dejan trabajar, aunque me interrumpen cada poco tiempo para decirme que puedo salir a tomar un café, o a fumar, o a tomar el aire, que quieren que esté a gusto y no me agobie.

Ocho horas de trabajo más tarde me voy a mi casa, cansada pero contenta.

No es el trabajo de mis sueños. El trabajo en una gestoría es gris y cuadriculado, todo lo contrario que yo, pero es un reto y sé que puedo hacerlo bien y de momento eso me basta. 

Y si al terminar las prácticas consigo que me contraten, ya será la leche.

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