El perfume

La jornada transcurre sin más incidentes que los habituales en cualquier comercio: señoras que no leen bien las etiquetas porque no llevan las gafas de cerca, niños que lo tocan todo, maridos impacientes esperando a sus señoras sin apenas atreverse a cruzar el umbral.

Mi subconsciente se percata antes que mi mente consciente, algo pasa, pero tardo varios segundos en comprender qué es. Acaba de entrar una pareja y el aroma de una colonia me golpea como una bofetada, ese aroma que conozco tan bien, que podría distinguir entre un millón.

Ya no estoy en la tienda. Estoy en el recibidor de mi casa, abrazándole. En mi sofá, acurrucada junto a él, viendo una película. En mi cama, durmiendo a su lado y sintiendo su pecho contra mi espalda y su mano en mi vientre. 

Cierro los ojos un segundo, me aferro al mostrador. No puedo comprender que algo tan nimio pueda afligirme de este modo, con semejante violencia. No son malos recuerdos, todo lo contrario, pero por algún extraño motivo duelen todavía más que si lo fueran.

No sé cuánto tiempo pasa, si dos minutos o media hora, pero sigo allí clavada, preguntándome cómo voy a conseguir desembarazarme de esto, cuando miro hacia la puerta para saludar a otras dos personas que entran.

Es el actor que interpreta a Jaime Lannister, o al menos alguien increíblemente similar a él. Mi cara debe ser un poema, he salido de golpe de mi ensimismamiento. La primera pareja se ha ido y su aroma no es más que un vago recuerdo. No sé si será él o no, pero le estoy profundamente agradecida. 

No ha sido más que un momento de flaqueza, uno más.

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